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Simón Bolívar firma la Proclama de guerra a muerte el 15 de junio de 1813 en Trujillo, s.f.
21feb

“Españoles y canarios, contad con la muerte” (y II)

por: Elías Pino Iturrieta

  • 21 feb 2014·
  • Comentarios
Viene de: “Españoles y canarios, contad con la muerte” (I)

Después de desobedecer las disposiciones de sus jefes de la Nueva Granada, a quienes debe la autoridad que ahora ostenta, con su Proclama de “Guerra a muerte” Bolívar la emprende con lo único que se tenía a mano para justificar la invasión de Venezuela: la obra y el pensamiento del primer designio de república. Viene a desmantelar lo único digno de atención que han llevado a cabo los venezolanos para desembarazarse de la monarquía. Muchos historiadores explican el hecho en la necesidad de deslindar los campos, en el empeño de obligar a la gente a decidirse por uno de los bandos enfrentados. El objetivo no se cubre, pues el nuevo intento de república apenas se sostiene un año. Pero se logra el encumbramiento del autor de la Proclama, hecho evidente que los investigadores no han considerado cuando buscan la explicación de la sangre derramada. Veamos, por lo tanto, algunos testimonios capaces de relacionar la medida de exterminio con el establecimiento de un régimen personalista.

En agosto de 1813, Bolívar escribe así al gobernador de Barinas, quien solicita el restablecimiento del modelo federal de administración según se dispuso en 1812: “Mientras más resortes haya que mover en una máquina, tanto más lenta será su acción; mas si no hay sino un solo resorte, giran con rapidez y son más sus efectos. Simplifiquemos, pues, los elementos del Gobierno, reduzcámosles a un resorte, si es posible, y hará en menos tiempo más utilidades que los perjuicios reales que con muchos resortes haría por dilatado tiempo”. Para lograr el propósito acude a uno de los letrados célebres de la ciudad, su pariente Francisco Javier Ustáriz, quien había participado en la escritura de la Constitución Federal. Veamos cómo responde el requerido: “Aunque V.S. y el Congreso de la Nueva Granada han dicho en sus respectivas proclamas que vienen las fuerzas actuales a restablecer las antiguas autoridades del país, volviéndonos a nuestra perdida libertad; y aunque real y sinceramente, como lo creo y doy por hecho, sea este en lo substancial el designio verdadero de estos esfuerzos, no hay una absoluta necesidad de hacerlo ahora, en el mismo momento que pone V.S. el pie en la capital de Venezuela”.

Partiendo de una referencia a las circunstancias, Ustáriz redacta un Plan de gobierno provisorio que se pone en ejecución. El plan resume en la persona de Bolívar un mandato sin contención. Le otorga las funciones de los poderes Ejecutivo y Legislativo, el control de la economía y la comandancia de las fuerzas de mar y tierra, con la asistencia de un Consejo “para consultarlo en casos de extrema gravedad”. Cuenta con el auxilio de tres ministros, obligados a responder únicamente ante la cabeza del gobierno. Todo se hace en nombre de la voluntad general, afirma el pariente-redactor. El Plan de gobierno provisorio desmantela la concertación de potestades establecida en el pasado reciente, para que un solo resorte trate de mover una maltrecha máquina. Un partidario del federalismo advierte a Bolívar sobre la exageración del cometido que ahora emprende y le pide volver a las fórmulas de la Primera República, pero el destinatario se conforma con asegurar que no está de acuerdo con “viciosas ideas políticas”.

El autoritarismo consagrado por el plan que se presenta como pasajero, puede llegar a extremos brutales. No se pueden considerar de otra manera las órdenes trasmitidas por Bolívar a José Leandro Palacios, comandante de la fortaleza de La Guaira, en febrero de 1814. Debido a que la plaza tiene pobre guarnición y debe responder por un crecido número de presos políticos mientras crecen las victorias de los realistas en puntos circunvecinos, el relojero único dirige un mandato perentorio: “Ordeno a V.S. que inmediatamente se pasen por las armas todos los españoles presos en esas bóvedas y en el hospital, sin excepción alguna”. El obispo se entera y solicita piedad, pero recibe una respuesta fulminante: “No sólo por vengar a mi patria, sino por contener el torrente de sus destructores, estoy obligado a la severa medida que V.S. Illma. ha sabido”. Hasta ochocientos llega la cifra de los cautivos y los enfermos condenados al último suplicio. La mayoría perece por decapitación en el lapso de dos días, una carnicería inédita en la república que se había inspirado en los principios del liberalismo y en el dictado de las luces cuando hizo su debut en la historia. Todo se hace de acuerdo con los consejos de la voluntad general, de acuerdo con las razones de Ustáriz, es decir, debido al motor de una aguja perdida en el pajar.

Seguramente los apremios de las campañas impiden que se busque entonces una forma diversa de convivencia. La voluntad general muestra su renuencia ante los republicanos, que deben acudir a medidas de emergencia para lograr la sobrevivencia que no encuentran en el apoyo popular. Los realistas todavía constituyen una fuerza incontenible. La gente se queda con la monarquía ante la incertidumbre de un mandato retador y desconocido. Son elementos dignos de consideración cuando se busca una explicación de los hechos en cuya noria gira la Proclama de “Guerra a muerte”. El análisis se complica por el hecho de que, justo después de que circula el documento y apenas cuando se estrena la dictadura, Bolívar recibe el título de Libertador con el que pasa a la posteridad. No es fácil la consideración de atrocidades y de planes nacidos del interés personal, cuando el protagonista se ha calificado, desde esos tiempos y hasta nuestros días, como proveedor de un bien por el cual se libra una gesta de indiscutible importancia. Sin embargo, parece difícil negar el vínculo que existe entre la orden de matar a los españoles y a los canarios con la elevación personal del hombre que la suscribió.

“Nada existe como era, y todo lo que no ha sido destruido ha sufrido el más espantoso trastorno”, dice el Libertador en 1814. Le sobra razón después del derramamiento de tanta sangre, pero asegura que los hechos se llevaron a cabo por amor a la patria y por “la ceguedad estúpida de los españoles”. Hoy, doscientos años después, es recomendable el encuentro de otros motivos.

Imagen de cabecera: Simón Bolívar firma la Proclama de guerra a muerte el 15 de junio de 1813 en Trujillo, s.f., Casa de los Tratados de Bolívar y Sucre, Trujillo (Venezuela)

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Comentarios

Reynaldo Urdaneta Saavedra

excelente analisis historiografico de la proclama

ramon madriñan

seria conveniente se explicara . también como terminó el mandato de Bolívar hasta su muerte.

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