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© El Roto. Fuente: El País (Madrid), 3 diciembre 2013
5dic

Humanidades digitales y Big Data

por: Juan Luis Suárez

  • 5 dic 2013·
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Todavía no hemos podido adaptarnos al cambio que las tecnologías digitales y el uso masivo de Internet y de teléfonos smart están provocando en nuestra vida cultural cuando ya nos acecha, con urgencia, la siguiente revolución, la de los grandes datos.

Las humanidades digitales, herederas de intentos anteriores por conciliar la tecnología y el trabajo humanístico, han ido recibiendo más atención en los últimos años. Parece que, por fin, los humanistas y algunas instituciones –algunas universidades, museos, empresas- se han dado cuenta de que el cambio que vivimos afecta profundamente tanto a la condición humana como a las formas de acceder a ella para entenderla. En esta encrucijada es donde tradicionalmente se sentaba el humanista para, ayudado de sus libros, otear el horizonte del pasado hasta donde le llegaba la vista. De repente los libros, ese alféizar tan cómodo y deseado que nos había permitido hacer nuestro trabajo durante los últimos cuatrocientos años, han empezado a desaparecer y con ellos el instrumento más valioso que la época moderna nos había dado para comprender la cultura.

No es exacto que los libros hayan desaparecido, aunque sí es cierto que el cambio de formato, la preeminencia de lo electrónico y la aparición de un nuevo paisaje económico han contribuido a que el papel del humanista –profesor, librero, creador, intelectual, gestor…– se haya tambaleado hasta llegar al borde del precipicio de la irrelevancia. No es que la cultura haya dejado de ser importante, lo es más que nunca, pero lo es a través de una coexistencia de formas nuevas y viejas que nos desconcierta y pone a prueba nuestra capacidad de analizarla.

Analizar la cultura es el trabajo del humanista. Ahora bien, esta cultura se produce y se consume por medios digitales y a través de tecnologías que guardan poca relación con las que existían cuando los métodos del humanismo germinaron y se consolidaron. El producto final de esa cultura todavía es una canción, un libro, una película, pero todo lo que hay en medio, entre el inicio de la creación y la producción definitiva es diferente. Incluso, si pensamos circularmente, también es muy diferente la forma en que se consume y se produce la información que, destilada por la sensibilidad del creador y el afán del espectador, hace posible la comunicación cultural. Si todo ha cambiado, ¿puede todo seguir igual para los humanistas?

Las humanidades digitales han comenzado a emitir señales acerca de su primera madurez. Éstas se pueden detectar en las agrupaciones de intereses y métodos que ya se distinguen por encima del ruido de los exploradores. Por un lado, parte de la práctica humanística se ha centrado en el uso y construcción de nuevos métodos de comunicación de la producción cultural y de la investigación humanística, desde blogs y tuits hasta sitios webs y libros electrónicos. Por otro lado, los más apegados a los textos han hecho del marcado de los mismos y de sus estándares –Text Encoding Initiative– uno de los campos más prolíficos de producción académica, aunque los avances en procesamiento de lenguaje natural y en machine learning comienzan a cuestionar si el esfuerzo ha valido la pena. En tercer lugar, hay quienes usando una variedad de tecnologías están valiéndose de todo el poder de la computación para, mezcladas con conceptos de sus disciplinas históricas, filológicas, o antropológicas, comprender mejor algunos de los problemas tradicionales de esas disciplinas.

Entre tanto, nos hemos dado cuenta de que, superado el umbral en el que ya casi todo el mundo en todo el mundo tiene acceso a teléfonos móviles –sólo por hablar de una de esas tecnologías– con lo digital ha venido también la producción de una inmensa cantidad de datos asociados con los usos y costumbres de sus portadores. Las consecuencias más inmediatas son dos: que esos datos se pueden recoger, analizar y visualizar para entender esos comportamientos y que la misma producción y consumo de datos están cambiando, poco a poco, sí, pero de manera inexorable, la condición cultural del ser humano y de sus comunidades. Y aquí es donde el humanista digital se encuentra con varios nuevos retos: comprender el alcance de esta actividad, entender la relación entre el grosor y la longitud de la historia cuando por medio circulan terabites de datos –¿recuerdan el horizonte del pasado del que hablaba al principio?–, hacer preguntas antiguas con más información y preguntas nuevas gracias a los datos y, además, cuestionar los intereses económicos y los dilemas éticos que esta nueva revolución socioeconómica está provocando gracias a la íntima relación de los seres humanos con la tecnología.

¿Hay algo en juego? No las humanidades, desde luego, pero sí la capacidad de seguir entendiendo la condición humana, la cultura y saber qué modelos educativos y económicos son los más apropiados para vivir humana y dignamente en este bosque de datos.

Imagen de cabecera: © El Roto. Fuente: El País (Madrid), 3 diciembre 2013

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